Pasar tres días en cama dan para mucho pensar y al fin esta tarde que me he encontrado mejor me he decidido a sentarme al ordenador y buscar la información que nunca tengo tiempo de buscar porque ando demasiado liado.
Hay muchos lugares que conozco, que aunque son lugares perdidos, reductos de naturaleza pura, aparecen con una busqueda exhaustiva en el google. Sin embargo aquellos de los que siempre he oído hablar a mis abuelos, los sitios por los que ellos caminaron los días de su juventud, no están datados por ningún lado. Uno de ellos es el cortijo de Los Almecillos, un barrio situado en la cabecera de la rambla de Turón, en una umbría de la Contraviesa donde la rambla se convierte en barranco y se pierde en unos tajos de launa. En sus mejores tiempos allí habría 4 o 5 casas, eso sí todas ellas habitadas, rodeadas a su vez por otros cortijos, que debían dar una imagen preciosa de vida a aquel sitio.
Contaba mi abuelo que por aquel barranco corría tal cantidad de agua que durante el deshielo, porque antes caían grandes heladas, no se podía cruzar a pie. El día de San Juan todos los vecinos hacían una poza en un remanso de la piedra, creando una gran balsa, donde los chiquillos se bañaban y desde donde se recogía el agua para regar los huertos mediante una acequia que despúes volvía al río. Contaba cuan grandes eras los olivos que allí se criaban, debido a que estaba situado en umbría y los arboles siempre buscaban la luz y como de uno solo de ellos conseguían aceite para la casa durante todo un año. Nos habló muchas veces de unos álamos enormes que crecían en la ribera, cada cierto tiempo soñaba con ellos, se recordaba junto a sus hermanos saltando el río, jugando en los álamos. Era su sueño bonito, pues a menudo soñaba con las palizas de su madrastra, ya que quedó huerfano de madre a los 7 años. Tambien nos contaba las grandes nevadas que caían en invierno, que debaja a las casas más en umbría incomunicadas hasta la primavera y como cuando nació mi padre mi abuela tiraba agua caliente a la puerta de la casa y se congelaba directamente. Llevaban tres años de casados cuando dejaron Los Almecillos y vinieron a vivir a "La Playa"con una mano delante y otra detrás, pensando emigrar a Barcelona si el Campo de Dalías no era tan próspero como lo pintaban, pero la suerte les sonrió como a tantos otros alpujarrenos.
En los años 70 la confederación hidrográfica del sur despropió los terrenos cuando se proyectó el pantano de Beninar al estar situados en la cabecera de uno de los principales afluentes, para realizar trabajos forestales que impidieran que la tierra corriese al embalse. El resultado fue la muerte definitiva de aquella zona.
Toda la vida había escuchado a mi abuelo las enormes ganas de volver, pero siempre posponíamos el viaje, estaba ansioso por enseñarnos nuestras raíces. Este verano, a finales de julio por fin organizamos la excursión, aprovechando que muy cerca sus sobrinas mantienen en uso la casa donde vivió su hermano Juan, que no despropió la Confederación.
Para llegar allí se coge una pista forestal asfaltada en principio que baja desde la venta del Chaleco en el cruce de la carretera de Turón a Murtas y Cádiar. Desde el cortijo sale una pista cortada por una cadena de la que solo los cazadores tiene llave y por la que solo se puede bajar en todoterreno o andando. Todo lo que alcanza la vista está tomado por retamas y abulagas. El camino roto por barranqueras y recurvas. De repente una de esas recurvas te deja en el barranco de Los Almecillos.
Otrora el camino cruzaba el río, pero desde alguna lejana crecida el trayecto está cortado para vehículos. Cruzando mi abuelo nos llevó a la Fuentecilla, de donde cogían el agua para beber y que hoy en día es solo un gran zarzal que detona que bajo él aún debe brotar algún agua. En el talud sobre la fuente están los restos de la casa que ocuparon mis abuelos al casarse y al lado la de su vecina, una mujer cuyo marido estaba en Canadá trabajando en las minas de oro. Desde las ruinas, muy mal conservadas, situadas en la umbría del barranco, se ve una gran casa en la solana, donde vivió mi bisabuelo Juan y su última mujer a la que los niños llamaban la tita Emilia. Allí vivió después de morir ellos la hermana de mi abuelo y su marido hasta que despropiaron, es por ello que la vivienda sigue en pie.
Mi padre y yo bajamos por los bancales en lo que estaban los antiguos huertos, tomados por la hierba y las matas secas, donde aún quedaba algún almendro vivo. Seguimos el curso de la vieja acequia, donde aún crecía algún manojo de juntos y finalmente pasando por debajo de las retamas fuimos a parar al cauce del río, seco y arenoso. Casi a gatas andamos todo cuando el camino nos permitió llegando hasta donde había agua corriente, como intentando corroborar que las historias del abuelo eran ciertas. Metidos en aquel lugar donde el tiempo se paró hace mas de 30 años vimos como delante de nosotros salía una cabra montés que rapidamente se encaramó a la piedra del cortado perdiendose en la lejanía.
Nuestro destino final fue la casa de los bisabuelos. El camino, por el que contaban que la gente inexperta no podía subir sin resbalar varias veces, aún estaba visible, labrado en la piedra. Pasamos por los almeces que dan nombre al cortijo, aún vivos y nos asomamos al acantilado, formado por una gran roca arrancada por una tormenta, desde donde se puede ver aún el enorme laurel que había en el barrando. El acantilado parece sujeto por una enorme encima que parece no temer a la soledad ni a los años. Alli rodeados de silencio pareciamos haber caído en las manos del tiempo. Mi padre guarda recuerdos de su niñez cuando iba a visitar a su abuelo y su mirada era mucho mas escrutadora si cabía.
Pudimos entrar en algunas de las habitaciones de la casa, la cal parecía más limpia que nunca, el suelo solo manchado por un surco de barro que venía de alguna de las habitaciones caídas...Encontramos algún trozo de cerámica granaina y una ventana muy pequeña con una puertecilla de forja que trajimos de recuerdo. Costó mucho bajar de allí, pero mereció la pena.
Al llegar a los coches mi abuelo estaba preparado para leernos la poesía de despedida a su tierra, con la voz rota recitó todo lo que había escrito, todos sus recuerdos, todos los blincos que había dado por aquellas vegas,las palabras de su padre resonaron en todo el barranco a pesar de la voz leve de mi abuelo, la despedida a un lugar que parecía que nunca hubiese existido debido a la enorme transformación que había sufrido anclada en el ovido. De aquel momento son las dos fotos de mala calidad que conservo de sus álamos, que espero poder poner para acompañar para siempre esta crónica. 40 días después de su merecido homenaje mi abuelo murió. La felicidad que tenía en los ojos aquel día nos hizo saber que llevarlo allí cuando el sabía que no le quedaba mucho tiempo que vivir era el mayor regalo que le hicimos jamás.
Espero que esto sirva para mantener unos años más vivo el recuerdo de Los Almecillos, para que algunos puedan situarlo en el mapa y para que mi abuelo, Salvador Sanchez Rodriguez pueda seguir haciendo poesía allá donde esté.
lunes, 24 de noviembre de 2008
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